El don de la ubicuidad

EL DON DE LA UBICUIDAD

18 DE MAYO DE 2012

Interesante don este de la ubicuidad, que según yo lo concibo es la capacidad de estar simultáneamente en una o dos partes a la vez. Después de mucho reflexionar he pensado que podría ser la solución para algunas de esas dificultades que uno se encuentra en la vida cotidiana y me he decidido a adquirirlo pero me encuentro con un gran problema: ¿Dónde?

Me gustaría ser optimista y decir lo mismo que Iñigo Montoya cuando buscaba al hombre de negro y se encontró de bruces con la cruda realidad cuando Fezzik le dijo que acababa de morir. Iñigo, mi personaje de cine favorito, dijo con toda la convicción del mundo «No me vengas con pequeñeces, por fin el alma de m padre podrá descansar en paz».

No consigo la ubicuidad y no sé cómo puedo hacerlo. Me temo que uno sólo puede vivir una vida de modo simultáneo y tiene que ir resolviendo las papeletas deldía a día tal y como vienen. Alguien diría que no es justo, otros pedirían que se pare el mundo para bajarse, otros más se subirían en un avión para marcharse lejos sin darse cuenta de que se llevan los problemas en la mochila y el resto seguro que adoptarían un buen número de presuntas soluciones de lo más variado que no resuelven el problema. Porque, y creo que estoy empezando a obcecarme con la idea, la solución real es ser ubicuo: Estar en todas partes y en ninguna según la ocasión lo requiera.

Creo que intento engañarme a mí mismo. Sé que no puedo ser ubicuo. Lo sé, por mucho que intente negarlo o convencerme de que algo tan imposible es alcanzable. Sé que tengo que ser como el Augusto aquel que cita Antonio Semerari en una de mis biblias de cabecera, el hombre que podaba inmenso campos de vides y que nunca se preguntaba cuántas le quedaban, el que cuando acababa con una continuaba con la siguiente sin más. Hace tiempo, mientras pintaba el corral de la casa del pueblo sin prisa pero sin pausa, me sentí un poco como Augusto con la sensación de que el tiempo no parecía correr y de que no importaba cuándo terminase aquello. Desgraciadamente en esta vida urbana, en esta hoguera de las vanidades, eso no es posible porque aquí, aunque parezca otra cosa, todo está reglado y medido, todo tiene que seguir unas reglas casi protocolarias y todo el mundo parece esperar grandes milagros de un individuo que lo único que tiene es un pequeño destornillador reversible.

Ni puedo ser ubicuo ni puedo ser infalible, ni perfecto, ni mago ni nada. Debe ser triste darse cuenta de que uno, por más que se empeñe en desempeñar no sé cuántos papeles diferentes por exigencias del guión, es solamente uno mismo. La ubicuidad puede verse como la capacidad de estar en varios sitios a la vez pero en nuestro pequeño mundo podemos redefinirla y hacerla más real si la entendemos como la habilidad para desempeñar todos los roles que se nos exigen y hacerlo estando a la altura de esa exigencia. Porque se nos exige y mucho.

La primera fuente de exigencia somos nosotros, con nuestra necesidad imperiosa de tener éxito porque así está escrito, de llegar los primeros a la meta, de ser más rápidos, fuertes e inteligentes que quien que está al lado, de tener más dinero que él y también una cartera de deudas más grande que nos permita demostrar que somos los mejores.

La segunda fuente son las personas de nuestro alrededor, esos seres queridos que a veces uno se pregunta para qué le quieren porque hay amores que matan, sentimientos que perjudican hasta extremos insospechados. Quien no nos respeta incondicionalmente siempre nos exige, y lo hace a veces de modo directo o a veces sibilinamente de forma que ni siquiera podemos defendernos del ataque porque parece no ser tal, llevándonos a un terreno peligrosamente cercano a la paranoia cotidiana en un camino que puede no tener retorno.

La tercera fuente son quienes por decreto obtienen algo de nosotros. Nuestros amigos, esos individuos que entienden que la amistad es la obligación de auxiliarles cuando les va mal, nuestros c lientes a quienes debemos todo el respeto del mundo porque el dicho estipula que «el cliente siempre tiene la razón», nuestros vecinos y tanta otra gente que no aceptan que podemos tener días malos y no estar a su disposición.

Se me ocurre una solución al tema de la ubicuidad: Como no puedo estar en todas partes y como tampoco puedo satisfacer todas las demandas que se me plantean voy a empezar a vivir una sola vida, haciendo lo que pueda en cada momento, en cada terreno, con cada persona. Creo que voy a hacerlo a partir de hoy mismo, o lo haría si reapareciese esa bendita amnesia que me impidiera recordar que hago ese propósito cíclicamente y que nunca lo cumplo.

Sé que tengo que dejar de autoexigirme, de convertirme en mi enemigo público número uno, que no hay ninguna razón para llegar antes que nadie a todas partes. Lo sé desde hace mucho y no me supone ningún problema porque, no sé si afortunada o desgraciadamente para mí, las exigencias están en otro plano.

Sé que esos seres queridos que lo único que quieren es obtener algo a cambio, sean amigos o más que amigos, no se van a conformar, que harán valer sus derechos y sus poderes para recordarme con un chantaje tan habitual que no por sabido ni por predecible me resulta menos dañino. Me da igual saber por qué me duele, cuánto me duele y cómo me duele, porque creo que hace mucho tiempo perdí la posibilidad de defenderme y veo que me faltan fuerzas para seguir, para luchar, para plantarles cara. En este terreno soy como un barco a la deriva y por eso precisamente necesito esa ubicuidad imposible.

Sé también que todas las demás relaciones son prescindibles, instantáneas o condicionadas por otros factores. Quizás no pueda defenderme de ellas porque puede haber otro tipo de condicionantes, pero sé que tienen un principio y un final, un momento, y hasta unas vías de escapar. Por eso, y a pesar de que uno siempre está expuesto a niveles variables de eso que alguien a quien no debo citar llamaría ponzoña, me preocupan menos. Son daños asumibles, heridas para las que nos mentalizamos desde pequeños como hicimos cuando decidimos aprender a montar en bicicleta y supimos que las caídas eran inevitables y casi necesarias.

Sé dónde está el problema, sé cómo  lo hacen, sé lo que hay que hacer para resolverlo y sé que los recursos que puedo emplear son muy limitados. Sé también que no puedo esperar comprensión, aunque a eso ya estoy acostumbrado, que tampoco puedo esperar apoyo aparte de por una o dos personas incondicionales y que la situación va a seguir así porque lo he vivido, revivido y vuelto a revivir. Pero me preocupa seguir perdiendo la ilusión, y hasta la fe en las escrituras así que seguiré engañándome y pidiendo el don de la ubicuidad.

Las relaciones tóxicas nos dañan y nos hacen pedir la ubicuidad, tal vez porque nos acaban convirtiendo, sin que nos demos cuenta, en sus esbirros. Son como el SIDA, destruyen nuestras defensas y nos sitúan en una situación de inferioridad de la que tenemos la percepción de no poder escapar. El único antídoto contra ellas es no iniciarlas o romperlas en cuanto descubres de qué van. Luego será tarde.

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