Guía para sobrevivir a los borregos v1

GUÍA PARA SOBREVIVIR A LOS BORREGOS

by Juan Carlos Vicente Casado, 6 de enero de 2012

España 2012. Vivimos en una sociedad laica en la que se adora al falso dios del Consumo y todos sus apóstoles. Para ello se ha creado un complejo entramado de individuos que, con una organización multinacional que hace palidecer a la de la Iglesia Católica, reúnen a sus acólitos en grandes templos donde los fieles hacen grata donación de sus bienes económicos a cambio de símbolos de una felicidad aún más simbólica.

A los seguidores de Jesucristo se les llama cristianos y a los que cristianos siguen los dictados de la Iglesia Católica se les conoce  como católicos. Siento la tentación de llamar borregos a los adoradores del becerro de oro. ¿Por qué no? Al fin y al cabo son lobos con piel de cordero. Así que sea, para fines didácticos, y a falta de otro nombre aún peor, les llamaremos borregos.

Los borregos: ¿Qué son?

Un borrego es un individuo con un grado variable de dificultad para trazar metas y planes o para llevarlos a la práctica, de tal modo que tiene que apoyarse en el entorno social para conseguir dotarse de un sentido de coherencia personal. Sigue una línea muy parecida a la de los manipuladores cotidianos, pero recurriendo a un contexto de apoyo más amplio: Los dictados de la moda o de los gurús de sectas de tal o cual tipo. La incapacidad para trazar metas y planes hace que tenga una considerable dificultad para regular su comportamiento y admitir sus errores, lo que le convierte en persona de convivencia difícil.

Lo que convierte a uno en borrego no es la dificultad para trazar planes, sino la necesidad de apoyarse en las organizaciones del medio social que, desde una perspectiva hedonista más o menos camuflada, hacen del consumo su principio básico. De hecho no es del todo cierto que sean incapaces de trazar planes: Son auténticos expertos en planificar una vida vacía para que sólo pueda llenarse consumiendo.

¿Cómo detectar a un borrego?

Se les ve venir, y de lejos. Parece que se metieron en un molde y salieron casi todos iguales, pero no libres de tara. Debieron fabricarlos deprisa y corriendo y así les salió el asunto.

Estéticamente son muy parecidos. La moda impone que compren la ropa, los complementos, los adornos y hasta la comida en los mismos sitios. Hay que estar “fashion”, ser guays, y huir de que se les considere frikis. En el plano más personal lo característico es la necesidad de consumir, son incapaces de disfrutar de una puesta de sol a no ser que sea en el marco de un viaje con cuantos más kilómetros mejor, de salir a la calle sin la tarjeta de crédito, y también de plantear una solución creativa a sus problemas si no es adquiriendo el producto milagroso que lo solucione todo.

Las Navidades, por sí mismas, no son algo negativo ni de lo que tengamos que huir. Es una fiesta religiosa en la que las personas tienden a reunirse para recordar que no merece la pena complicarse la vida ni crearse problemas por cuestiones de estatus o de apariencia. El advenimiento de los borregos al poder de la mano de su capacidad para adquirir bienes y servicios ha sido lo que ha viciado el espíritu navideño.

Fashion

Hay muchas tribus de borregos  y todas ellas imponen unas reglas en cuanto a la apariencia. Cuando tienen mucho dinero surgen las tribus hiperselectas de lo que ellos llaman lujo. Yates, palacios, viajes y alojamientos en hoteles superestrellados junto al gasto imparable son las señas de identidad. Este estilo de vida impone un modo de vestir característico en el que los borregos buscan ser únicos mediante la apariencia y las acciones sin darse cuenta de que acaban siendo un calco los unos de los otros.

Viajes

Una tristemente célebre agencia de viajes por internet popularizó hace no tanto el eslogan “hay que viajar más”. Creo que lo que más exporta España es el turismo, especialmente el de sol y playa. Claro que hay que viajar más, pero eso hay que hacérselo saber a los que vienen de fuera: el turismo es, sobre todo, una fuente de ingresos y se trata de captar dinero nuevo, no de fagocitar el que nosotros mismos generamos.

Hay muchas formas de viajar. Una de ellas supone conocer lugares, visitarlos con calma, permanecer tiempo allí, integrarse en el tejido social, acceder a las costumbres y ritos de las gentes del sitio y contemplar su lado oscuro. La otra, la que está de moda actualmente, consiste en ir de turista.

¿Dónde nació la visión turística actual? Podemos remontarnos históricamente a las películas de Alfredo Landa y sus visitas a Marbella, Benidorm y similares, al mito de la sueca gigantesca y al deseo del españolito de a pie, que en aquel momento no podía pagárselo, de visitar aquel mundo de lujuria y desenfreno. Allá por los años 60 Benidorm era un sueño inalcanzable para casi todos pero para los borregos de hoy es un lugar cutre donde van los muertos de hambre. Al igual que ocurría con la vestimenta, hay que ser originales y viajar a destinos lejanos, a lugares donde uno se sienta Marco Polo porque ninguno de sus amigos ha hollado aquellas tierras. Pero nada de ir a la aventura, no. Lo suyo es ir en viaje organizado.

Ir de turista es de borregos. Uno ni se integra en la comunidad ni conoce el lugar ni nada que se le parezca. Como quiere ir al mayor número de sitios posible hace viajes relámpago de uno, dos o diez días y se hospeda en un hotel situado en una zona específica para turistas de forma que lo más parecido a un lugareño que ve es el camarero que le sirve los daiquiris llegando a la errónea conclusión de que todos los paisanos van vestidos con camisa blanca arrugada y corbata negra. Eso sí,  la tarjeta de crédito tiene que echar humo porque hay que llevar regalos para todo el mundo que demuestren el poder adquisitivo y lo lejos que estuvieron. Deberían hacer tazones con la leyenda: “Yo estuve en Bali y tú no… jódete”, engañarían menos que lo que los turistas se traen de aquellos sitios.

Coche, moto, bicicleta, patinete, ultraligero, patines en línea…

Viajar es ir a la agencia de viajes con el dinerito de plástico bien asentado en la cartera y elegir un lugar de destino al que no haya ido nadie conocido para poder después impresionarles con narraciones, fotos y videos. Hay otra forma de viajar: la que aparece cuando se realizan desplazamientos sin motivo aparente (suponiendo que los viajes de agencia a todo trapo tengan algún motivo).

Todo ser humano anhela ser libre, y esta necesidad es curiosamente más acuciante en los borregos que en el resto. Entienden que ser libre es poder hacer lo que a uno le da la gana y por eso la disponibilidad para ir a otros sitios sin tener que recurrir a la pequeña esclavitud que supone la agencia de viajes también se valora mucho. Con un coche pueden ir adonde quieran, parar en el lugar que necesiten, cobijarse de la lluvia, el viento y el frío, y hasta darse un revolcón con la pareja si es menester. El vehículo acaba convirtiéndose en algo insustituible, sustituto de esa casa que tienen que hacer forzosamente a su imagen y semejanza  y del hotel al que tienen que ir cuando llegan a su destino. Les permite sentirse seguros y protegidos, como ocurre en los parques temáticos.

El coche es mucho más que un medio de transporte y un refugio. Es también un artículo de ostentación, un medio más para demostrar a los demás que se está varios niveles por encima. Cuantos más caballos, más extras y más exclusivo dentro (y fuera) de las posibilidades económicas mejor. Tiene que ser distinto, tener una pintura de mayor calidad, incorporar aquella función que los ingenieros de la marca acaban de diseñar y que cuando has empleado en una o dos ocasiones te das cuenta de que no sirve para nada. El coche, como la casa, es un símbolo de estatus, de poder, de posición y de seguridad.

Hay otras formas de desplazarse. En los últimos años antes del boom de la burbuja inmobiliaria, cuando un utilitario costaba veinticinco mil euros, las motos se convirtieron en un nuevo símbolo del lujo. Se llegaban a pagar por ellas cantidades muy próximas a las que costaba un automóvil y  se llevaron por delante un buen número de vidas porque cayeron en manos de incautos que creyéndose todopoderosos e invulnerables se atrevían a pasar las curvas a ciento sesenta kilómetros por hora. Las motos, de 600, de 1.000, de 1.500 centímetros cúbicos o los que fueran sirvieron para demostrar al resto del mundo la bonanza económica de que gozaba su propietario porque, ¿cómo, si no te sobrase el dinero, te ibas a gastar 10.000 euros en un artilugio que usas cuatro meses al año?

Y la cosa no quedaba sólo en la moto. De repente, y para llenar el tiempo, a los borregos les dio por hacer deportes. Descubrieron con delectación que la ropa y el material deportivo podían ser elitistamente caros y que de esa forma podían demostrar aún más estatus. Un ejemplo típico ha sido el auge imparable del esquí en las estaciones invernales preparadas para la ocasión o el surgimiento de la fibra de carbono en la fabricación de las bicicletas. Mientras el esquí continúa entrando dentro de la categoría de los viajes organizados, la fibra de carbono (hilos pegados con un pegamento especial que los hace muy resistentes y ligeros) es el gran invento de la ultramodernidad borreguera para sacarnos los cuartos.

Gracias a la fibra de carbono a algunos les parece que pagar 10.000 euros por una bicicleta que pesa algo menos de 7 kilos es una buena compra, o que 3.000 euros por una algo más pesada (pero poco) es casi un chollo. Los borregos, movidos por el afán de superación (de superar al vecino) y por la publicidad de los medios de comunicación de masas, han acabado asumiendo que un conjunto de hilos pegados en no sé qué direcciones y adornados con otras cuantas piezas de más hilos y pegamento pero a los que hay que dar pedales para que se muevan, es una buena inversión. Quizás les haya entrado la fiebre del ahorro y hayan pensado que en lo que pedalean se lo ahorran de gasolina, pero me temo mucho que no es así.

Desplazarse es uno de los vicios favoritos de los borregos. Pero no desplazarse para conocer mundo, gentes, costumbres. Desplazarse de turista, en costosos viajes organizados, en costosos coches, motos o bicicletas, durmiendo en costosos hoteles y recopilando todo tipo de fotografías, videos y regalos a mala leche. Comprar para alardear.

Casa

¿Y qué decir del lugar donde viven? Si los centros comerciales son los templos del consumo, las casas de los borregos son el centro de la ostentación, el lugar donde se ejerce el consumismo más atroz. Nunca están satisfechos con su tamaño ni con la decoración ni con los materiales que la componen. Se empeñan hasta las cejas para conseguir la más grande, mejor situada, más iluminada, con más metros de terraza o de jardín, más alta y más ostentosa. Cuando la tienen le llega el turno al mobiliario: Al igual que la ropa que les viste ha de ser exclusiva y preparada para la acción de impresionar con él al resto del personal. Y cuando pasa un poco de tiempo comienza una espiral de reformas que parecen no tener fin. Primero cae la pintura de las paredes, después alfombras, cortinas, todo tipo de menaje, muebles, material del suelo, diseño de los baños, etc. La cosa es estar siempre comprando.

Si el perro es el reflejo del amo, la ostentación de la casa es el reflejo de la miseria de sus propietarios. Visten la casa como se visten a ellos mismos y desechan la casa como desechan la ropa que apenas se pusieron, pero no importa. La cuestión es seguir demostrando a los demás e intentar demostrarse a sí mismos que han llegado a ser alguien en este mundo.

Trabajo

Trabajar es lo más absurdo que hay, el trabajo es una cosa buena, no hay que ser egoísta y sí dejarlo para los demás. Claro que una cosa es trabajar y otra cosa aparentar hacerlo. Los borregos no tienen ningún interés por ejercer ninguna actividad que pueda suponer un beneficio para la humanidad, la comunidad en la que viven o para su familia más cercana. Lo que realmente les interesa es conseguir adquirir notoriedad, que se les vea, que se les considere, que el mundo se entere de que son más que los demás.

El trabajo ha de ser bien visto socialmente, adecuadamente retribuido (nos sorprenderíamos de lo que ellos consideran adecuado) y tener un alto grado de responsabilidad aparente que en realidad siempre asumen las espaldas de otros.

Comidas

Comer en casa es lo más absurdo que hay. ¿A quién se le puede ocurrir comerse un cocido si no es madrileño, un plato de lentejas con chorizo o unas sopas de ajo? ¡No, hombre! ¡Eso no es fashion! ¿Se le ocurriría al gran gurú de la cocina ponernos en su restaurante de cuatro tenedores unas lentejas con chorizo? Qué cutre.

Un borrego tiene que comer en el restaurante. Tienen que cocinar para él, y no cualquiera sino un chef de reconocido prestigio, o quizás un cocinero anónimo siempre y cuando el salón tenga el lujo que el ilustre visitante se merece y las mejores vistas posibles del entorno. A esos centros no se va a comer, sino a mostrar el lujo y la categoría social de uno. Los pobres van al burguer, los mediocres al restaurante chino. Se permite ir a un asiático, un japonés, un italiano o todos esos que nos ponen un gigantesco plato y nos llenan el hondón con algo que no se sabe lo que es pero tratado con ingredientes misteriosos que le dan un sabor exótico y nos hacen candidatos al cáncer de páncreas.

Centros comerciales

Templos del consumo. Lugares donde se concentra todo lo que un ser humano puede desear. Desde el lujo de los centros de El Corte Inglés a la funcionalidad del Ikea o la abundancia electrónica del Media Market, son los lugares idóneos para pasar la tarde del sábado cuando uno no puede viajar. Allí hay gente, todo está protegido y los carros hacen que la ardua tarea de transportar todos esos objetos tan necesarios que hay que comprarlos por docenas sea algo llevadero.

No es concebible pasar un sábado lejos del centro comercial si no es por un viaje o por una visita al restaurante del gran chef de los contornos. Allí hay cines, hay restaurantes, tiendas de ropa de Zara o Mango, ascensores, escaleras mecánicas y hasta cajeros automáticos por si no funcionase la tarjeta de crédito. Son el paraíso del borrego.

Parques temáticos

Un lujo asiático. Si el centro comercial es el templo del consumo, el parque temático es la fuente de sensaciones y emociones por antonomasia. Hay que viajar para llegar hasta allí, dejar el coche en un parking gigantesco, comprar agua y bebidas cada poco, puedes ir a comer a un restaurante, visitar tiendas mucho más caras que todas las de los contornos, montar en atracciones increíbles donde se desafía a la fuerza de la gravedad y a la capacidad de tu estómago de arrojar el vómito a distancias cada vez mayores, y asistir a espectáculos que son propios y privativos de aquel lugar. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, entre gigantescas medidas de seguridad que hacen prácticamente imposible que sufras ningún daño. Hasta las salpicaduras están programadas.

El parque temático es un paraíso para los sentidos y también para la tarjeta de crédito. Puedes comprar casi todo lo que te apetezca siempre y cuando tenga relación con el tema en cuestión. Puedes tener experiencias que ni podrías soñar fuera de allí, y vas a salir con un montón de vídeos y fotografías que harán palidecer (y bostezar cuando no los veas) a tus amigos, conocidos y familiares. “Te jodes, que estuve en PortCagadura y tú no”.

Spa

Antes la gente iba a balnearios. Estos lugares se situaban habitualmente en zonas donde aparecían aguas termales y allí acudía uno para disfrutar de esos baños tan agradables y relajantes sin pensar en nada más. Los  balnearios solían estar relativamente cerca del lugar donde uno vivía, de hecho era común encontrarse uno o dos en todas las provincias. Uno se acercaba hasta allí, pasaba los días que consideraba oportunos y volvía a casa. Esto es poco para un borrego.

Para sustituir a los balnearios se inventaron los spa. Ubicados generalmente en hoteles y lugares a los que el jefe se llevaba a la secretaria (o la secretaria al jefe, vaya usted a saber) en la época de las películas de Alfredo Landa, han supuesto una importante inyección de capital para negocios que veían cómo su actividad iba disminuyendo, y también para el turismo de interior, aquel que tal vez pueda ofertarnos sol, pero  no playa.

El spa es el relax del borrego. Aunque para ir a un spa uno no necesita irse lejos, muchas veces es la excusa perfecta para subirse en el coche y marchar a pasar un fin de semana cumpliendo con los requisitos de la vida fashion de un modo más sosegado. Aquí no hay atracciones que te pongan con la cabeza para abajo y los pies para arriba, pero hay masajistas que nos soban amorosamente, individuos e individuas que solícitamente nos hacen sentirnos como los reyes del mambo y tangas de papel minúsculos que nos recuerdan cómo debieron sentirse Adán y Eva. Los viajeros iban a balnearios, los turistas al spa del hotel de turno. Y mejor si repiten las historias de Alfredo Landa.

Regalos

El borrego es magnánimo consigo mismo, y aún más con sus semejantes. Nadie puede acusarle de egocéntrico o egoísta porque se desvive por quienes le rodean. Por eso se esforzará en tener bien controlados los días importantes de la vida de las personas de su entorno para que no se queden sin su regalo, e incluso sin la fiesta correspondiente.

Una de las reglas del mundo borreguil es que uno ha de devolver todo aquello que se le da, y si es posible incrementado: Nunca regales algo de menor valor que lo que te regalaron a ti la última vez, a no ser que la otra persona haya incumplido la regla.

Hacer las cosas así tiene una innegable ventaja: Uno siempre tiene un motivo para ir de compras, el motivo es exterior y altruista por lo que es imposible tener un sentimiento de culpa, y al cumplir la regla básica demuestra a los otros que es más que ellos.

Negación del borreguismo

Un borrego no es un borrego si admite serlo. Aunque sus líneas de acción son  tan predecibles que resultan aburridas porque siempre repiten lo mismo en formatos diferentes, se consideran tan únicos que no pueden encasillarse en ninguna categoría y, por supuesto, menos en la de borrego.

Sus recursos

El borrego no tiene recursos: Sólo dinero para gastar en viajes, ropa, complementos y en general todo tipo de útiles fashion.

Sus puntos débiles

Su debilidad nace de la susceptibilidad a la crítica. Hacer ver que no son suficientemente especiales y diferentes hace que les lleven los demonios. Cuando lo que realmente convierte a alguien en especial no se puede comprar con dinero (es decir, siempre) ellos están absolutamente perdidos: No entienden que puede haber vida más allá de las tiendas.

Cómo sobrevivirles

Es muy sencillo: No seas como ellos. No te aborregues, ten ideas propias, y aléjate de las tiendas. ¿Necesitas algo? Cómpralo. Pero aprende a discriminar qué es lo realmente necesario. Y no seas roñica: No se trata de comprar sólo lo imprescindible, sino aquello que puede hacer que te sientas bien.

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2 respuestas a Guía para sobrevivir a los borregos v1

  1. Baby dijo:

    No lo he leido. Je je je.
    Pero tiene buena pinta. Tendré que imprimirlo.

  2. Ramón de Fussimanya dijo:

    Yo si lo he leido y os aseguro que vale la pena.
    La descripción que hace Juan Carlos del borrego-consumidor es muy acertada y si la reflexionais llegareis a la conclusión de que el mundo está compuesto,básicamente,por enormes rebaños de mansos borregos de distintas lanas.

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